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"LOS VINOS ARGENTINOS REFLEJAN LA CULTURA DE SU GENTE:
SON AMIGABLES"
Existe en nuestra sociedad un sofisticado análisis de
cepajes, terruños, aromas y texturas que permiten
disfrutar mejor de una buena copa. Pero esta tendencia
suele esconder una actitud esnob.
Por Daniel Ulanovsky Sack, especial para Diario Clarín
Su padre nunca entendió por qué debía viajar tanto a
causa de los vinos. Y parece lógico. Cuando Alberto
Antonini comenzó a estudiar enología, en la Italia de
los años 70, aún no había tomado fama el oficio de wine
maker (hacedor de vinos) al que él dedica su tiempo.
Existían especialistas locales en cada bodega, pero no
tantas figuras reconocidas a nivel internacional.
A este pequeño grupo pertenece ahora Antonini,
responsable de nuevos vinos en bodegas de su país, de la
Argentina, Australia, California, Chile y Sudáfrica.
Egresado de la Universidad de Florencia y con posgrados
en los Estados Unidos y en Francia, Antonini estuvo en
Buenos Aires para participar de una degustación y cata
de vinos Malbec especialmente elegidos por él, en el
Faena Hotel, con maridajes del chef Mariano Cid de la
Paz.
Si bien reconoce que un buen enólogo diferencia
centenares de aromas y gustos diferentes, Antonini
invita a la gente a no dejarse llevar por un torrente de
información que a menudo no puede manejar sin formación
previa. Sugiere, en cambio, animarse a degustaciones
directas y a expresar lo que uno percibe: asegura que él
mismo aprende de esas sensaciones no tamizadas por un
saber especializado.
Dicen que la nariz es la parte del cuerpo más sagrada de
un enólogo. ¿Usted cómo cuida la suya?
La nariz y el paladar son las herramientas que utilizo
para conocer bien las características de un vino. Y las
cuido, claro. Por ejemplo, intento evitar los ambientes
con humo porque van quitando sensibilidad al olfato.
Luego, con las comidas. Dejo fuera de mi menú las
picantes y las muy pesadas porque me impiden mantener
una sensibilidad fina. También es importante la buena
oxigenación del cuerpo, el descanso. Cuando tengo que
elegir los componentes para armar el corte final de un
vino importante, me voy a dormir temprano y sólo como
alimentos ligeros, para tener todos los sentidos en su
mejor momento a la mañana siguiente.
El enólogo estadounidense Robert Parker aseguró su nariz
en un millón de dólares ya que si pierde capacidad
olfativa no puede continuar con su trabajo. ¿Usted
también la tiene asegurada?
(Risas) La verdad es que hasta ahora he preferido un
seguro de vida general. Tengo una familia con tres hijos
y quiero protegerla. Pero la nariz específicamente aún
no, aunque en un futuro, no lo sé... Fíjese que estamos
expuestos a un ritmo de trabajo muy fuerte. Por ejemplo,
yo viajo mucho y el clima de los aviones, que es muy
seco, no permite aterrizar en un lugar y realizar
inmediatamente una tarea de responsabilidad. Hay que
llegar, descansar bastante, y recién ponerse a trabajar
con los vinos
¿Es consciente de que el oficio de enólogo esconde un
glamour especial en nuestra época?
Hemos tenido mucha prensa en los últimos veinte años. Yo
empecé a trabajar antes, a fines de los 70, y mi
profesión era técnica, de labor en la bodega, sin esta
fama actual. Le confieso que a veces no me termino de
adaptar. Además, soy italiano y la moda del glamour
comenzó en los Estados Unidos porque allí se le da un
fuerte énfasis a la personalidad, y entusiasma la
fantasía de un wine maker mágico que toca los vinos y le
salen espectaculares. Yo debo reconocer, en cambio, que
pertenezco a una escuela en que las mejores relaciones
públicas pasan por hacer un vino de calidad. A veces se
exagera en pos de una ensoñación. El enólogo es una
persona importante, pero sólo una de las tantas que hay.
Por ejemplo, cuentan el terruño, la gente que trabaja en
el viñedo y en la bodega. Entonces, un enólogo de buen
nivel resulta fundamental, pero no me parece el único
responsable de un vino.
¿Qué incluye la idea de terruño? ¿Se trata de algo más
que la calidad de la tierra en la que crecen los
viñedos?
Es un concepto central del buen vino. En un sentido
clásico, incluye el suelo y el clima que, obviamente,
tienen un peso significativo. Pero no es solamente eso.
El terruño implica algo más: la gente con su cultura,
con su modo de hacer las cosas, con sus tradiciones, con
su personalidad. Y eso en el vino se siente porque
también es una expresión del carácter de la comunidad
que lo hace. Así, un vino australiano resulta informal,
como son ellos, en tanto los vinos europeos se perciben
más complejos al beberlos porque nosotros también lo
somos.
En esa lógica, el vino argentino debiera ser caótico.
(Ríe) No. El vino argentino refleja la cultura de su
gente: es amigable. Viven ustedes en un país latino del
nuevo mundo pero con tradiciones antiguas y muy
profundas en el terreno del vino. Cuando uno llega a
Mendoza siente que, a diferencia de otras partes fuera
de Europa, no es sólo un negocio sino algo más, una
parte importante de lo cotidiano. Se debe a que hay
muchos pequeños productores de uva, familias que viven
de eso, algo parecido a lo que sucede en Europa. Es
cierto, además, que en las zonas de clima cálido la
gente se percibe más amigable y eso se traduce en los
vinos porque el calor logra taninos redondos, jugosos.
Los vinos de zonas frías son más complejos; hay que
saber degustarlos y acercarse a ellos, como pasa también
con su gente.
Es curioso lo que me cuenta porque el champagne -"el"
vino de las fiestas- viene de una zona fría, cercana a
la ciudad francesa de Reims.
Tiene razón. Sucede que la fiesta está asociada con lo
espumoso, con algo que genere explosión de burbujas. El
solo hecho de destaparlo ya es una ceremonia lúdica que
se suele identificar con la felicidad. Pero como vino en
sí, técnicamente, el champagne no es tan amigable sino
complejo, difícil de beber. Pero por una razón
psicológica, la burbuja prima frente a las
características de su sabor.
¿Qué es un vino amigable y uno complejo? Suena
glamoroso, pero no lo entiendo del todo.
Le propongo un ejercicio de imaginación. ¿Qué es una
persona amigable? Alguien con una linda sonrisa, cálida,
con la que resulta fácil estar e intercambiar ideas. Un
vino amigable es similar, se deja tomar, tiene un buen
equilibrio. No produce sensaciones muy fuertes porque
presenta un buen balance entre taninos y acidez. Un vino
menos amigable, en cambio, necesita ser bebido con más
concentración y conciencia.
Se han desarrollado ciertas versiones "modernas" del
vino para que compita mejor con la cerveza. Así se vende
vino con pulpa de frutas, especiado o en latas de
diseño. ¿Qué piensa de estas experiencias?
Es una moda que, con distinta suerte, empezó en los años
80 y dio origen a un movimiento llamado wine cooler:
productos carbonatados a base de vino, jugos y azúcar.
La verdad, me molesta. En primer lugar no estoy contra
la cerveza, hay un momento del día para todo. Creo que
la palabra vino debiera ser protegida y no utilizada
para bebidas que no lo son, porque al hacerle esos
agregados, se le quita el alma. ¿Queremos vinos que sean
más juveniles? Los podemos lograr perfectamente, pero
sin necesidad de adicionar elementos extraños. Hay vinos
frutados, suaves, que se dejan tomar solos. Y lo del
vino enlatado me parece un sinsentido, no le encuentro
la ventaja.
Si yo como una manzana, me doy cuenta con facilidad si
es ácida o dulce, si su textura es firme o arenosa. ¿Por
qué en el vino resulta diferente? ¿Por qué el común de
los mortales nunca encontramos esos dejos a grosellas, a
vainilla o a pimienta del que nos hablan los catadores
especializados?
El vino se puede conocer a distintos niveles. A mí me
molesta mucho la gente que se presenta a los
consumidores hablando de una manera muy complicada. Sólo
consiguen el efecto contrario, que se asusten y digan:
"No, el vino no es para mí". Creo que hay que pensar la
relación con el vino de una manera más directa, como si
fuera, por ejemplo, una pintura. Usted mira un cuadro y
lo importante son las sensaciones que le produce, no
tanto lo que sostiene el crítico de arte. Es cierto que
él, por formación y experiencia, logra una percepción
distinta, pero eso no invalida las emociones propias de
cada uno. Con el vino es igual. En mi caso, cuando tengo
un público que recién se acerca a la cata, hablo de una
manera muy sencilla e intento utilizar palabras comunes
y dar ejemplos que se entiendan. Me gusta escuchar a la
gente que no es experta -en especial a las mujeres que
desarrollan un paladar buenísimo- y me ayuda a descubrir
nuevos elementos de un vino, aunque no tengan un
lenguaje de sommeliers.
¿El vino ayuda en las conquistas sentimentales?
Mire, la primera vez que salí con la mujer que hoy es mi
esposa, la llevé a un restaurante muy lindo y quise
mostrarle todos mis conocimientos. Pero no le llamó
mucho la atención. Es que yo le puse demasiado énfasis a
lo que sabía y hoy creo que resulté un poco jactancioso.
Por suerte la relación continuó, aunque no gracias al
vino. Creo que esa noche pequé por exageración.
(Copyright Clarín, 2008)
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