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30/04/08
Son hijos, en algunos casos nietos y hasta bisnietos de
los fundadores de las grandes bodegas mendocinas. Muchos
están emparentados. Algunos continuaron la herencia de
sus ancestros y levantaron establecimientos modernos
sobre las ruinas de lo que alguna vez fue el emblema del
vino.
Fueron pocas familias, la mayoría inmigrantes, las que
sentaron las bases de la cultura del viñedo en Mendoza.
Entre 1840 y 1930 se fundaron las bodegas familiares
cuyas historias reflejan la filosofía de una época:
Furlotti, Graffigna, Toso, Giol, Santa Ana, Trapiche,
Rutini, Gargantini, Orfila llevan, en casi todos los
casos, los apellidos de sus fundadores, o bien el nombre
de un santo o del terruño donde están afincadas, como
era costumbre. La época de oro de estas bodegas
familiares coincidió; su crecimiento fue constante hasta
los años 70. En las décadas del 80 y el 90 la realidad
vitivinícola argentina dio un vuelco importante y muchas
empresas comenzaron a decaer. En diez años casi todas
las grandes bodegas familiares fueron desguazadas en
partes, o algunas vendidas en su totalidad a otros
grupos inversores, locales y extranjeros.
Una particularidad estuvo signada por la gran cantidad
de parientes que poseían acciones en cada bodega. Esta
disgregación de la toma de decisiones obligó, en muchos
casos, a la venta y desmembramiento de estas grandes
sociedades anónimas, aunque parte de los socios no
estuviera de acuerdo.
Hoy, algunos de los herederos conservan porciones del
patrimonio que dejaron sus ancestros. Eduardo Furlotti
aún posee, en sociedad, la bodega central ubicada en
Maipú. Los González Videla no se deshicieron de la
bodega Panquehua ni del total de sus viñedos; parte de
los Graffigna en San Juan conservan la parte agrícola;
Giol retuvo algunas fincas y dos bodegas que dejó como
herencia a sus hijos y nietos y una heredera de
Gargantini recuperó la bodeguita que había pertenecido a
su abuelo Bautista en Chacras de Coria, salvándola de un
remate. Otros perdieron todo. Y sin embargo siguen
dedicándose a la vitivinicultura. Es el caso de Carlos
María Basso, cuya familia fuera propietaria de la bodega
Santa Ana. O de los hermanos Pulenta, hijos de quien fue
el dueño de Trapiche, Antonio Pulenta. Otro tanto
hicieron los hermanos Reina Rutini, herederos del
fundador de bodega La Rural. Por su parte Enrique Toso
fue contratado por el grupo que compró la marca que
fundaron sus abuelos, y gerencia la bodega modernizada
por inversores. Uno de los Orfila vive en Estados Unidos
donde tiene viñedos y Pablo Chremaschi Furlotti se fue a
vivir Chile donde fundó su propia bodega en el Valle del
Maule, a 250 km de Santiago. Damos paso al linaje que
surgió de estas historias.
Gargantini:
“Somos más que un vino”
Clos de Chacras pertenece a Silvia Gargantini y su
esposo, Alejandro Genoud. La bodeguita fue parte del
patrimonio de Bautista Gargantini, su abuelo, hijo de
Bautista Jerónimo Gargantini, quien junto a Juan Giol
fundó la bodega Colina de Oro que luego se convirtió en
la bodega Giol. Bautista Jerónimo retornó a Suiza de
donde era originario, pero su hijo Bautista permaneció
en Argentina y construyó una bodega en Rivadavia, otra
en Tunuyán y compró una en Chacras de Coria.
“Mi abuelo dejó la dirección a Alberto y Carlos, sus dos
hijos, luego de unos años ingresaron los nietos varones,
que eran tres. No vendimos por cantidad de accionistas,
sino porque la bodega no se había aggiornado. Y las
hermanas no entramos dentro de la sociedad”, cuenta
Silvia Gargantini.
La firma se vendió en los 80, en la época de Greco, al
grupo Rumasa, luego la tomó una intervención y
actualmente casi no existe, debido a un incendio.
En Clos de Chacras la única heredera que sigue
dedicándose al vino hace las visitas guiadas, con el
emblema “somos más que un vino, sino la historia de
Mendoza”. La bodega está restaurada tal cual era, se ha
dotado de tecnología a la parte industrial; las cavas,
los techos, las paredes de adobe y parte del mobiliario,
eran de la vieja bodega.
El vino emblemático, bautizado en honor al abuelo, se
llama Gran Estirpe. “Considero que mi abuelo, además de
dejarnos una serie de valores materiales, nos dejó una
estirpe. La cultura del trabajo y de no dejarse vencer,
esa es la verdadera herencia que tomamos tanto yo, como
mi marido, que es el verdadero motor de este proyecto”.
Panquehua – González Videla:
“Mi abuelo fue un visionario”
Florencia Curth de Cavanagh es la última heredera de una
estirpe de viñateros y políticos, los González Videla.
La familia aún conserva la bodega Panquehua, cuya
historia se remonta a 1841. El edificio quedó en pie
tras el terremoto, e incluso sirvió de refugio y de
hospital. La bodega tuvo una época de auge, y una de
decadencia. “Teníamos muchos problemas con el agua. Para
mantener las viñas actuales y la plantación de cerezas
hicimos dos depósitos de agua y ahora hacemos riego por
goteo. Son 300 hectáreas cultivadas”, detalla.
Modernizada, Panquehua aún conserva paredes de piedra,
pero en su interior hay tanques de acero inoxidable. “No
nos hemos quedado en el tiempo – asegura Curth- Sin
embargo las piletas que hizo mi abuelo Carlos, que fue
un visionario, aún sirven perfectamente”. Dentro de la
bodega hay un museo de maquinarias antiguas.
Lamentablemente la zona ha quedado rodeada de barrios
urbano – marginales que dificultan que esa belleza
arquitectónica sea disfrutada por los turistas.
Basso – Santa Ana:
“Estas empresas abrieron el camino”;
Bodega Santa Ana fue fundada en 1891 por la familia
Tirasso. Con la crisis del 30 y el fallecimiento de
Tirasso, la bodega Santa Ana quedó en malas condiciones.
Adolfo Basso y sus socios Tulio Basso, Emilio Tonnelier
y César Giannini la compran en 1935.
La bodega continuó en manos familiares hasta 1996, en
que la vendieron al grupo inversor Santa Carolina de
Chile y luego pasó a manos del Grupo Peñaflor.
Adolfo, Tulio y Emilio, tenían ocho hijos cada uno.
Carlos María Basso, actual propietario de Bodega La
Amalia, pinta de cuerpo entero la situación de estas
antiguas bodegas. “De mi generación éramos 34
accionistas, con la siguiente generación iban a ser más
de 100 accionistas. Era imposible seguir. Sucede que
llegado a un punto las acciones en la bolsa, como se
hace en otros países del mundo, para que salgan los
accionistas que no tienen intereses adentro de la firma”
argumentó.
De aquel viejo patrimonio no quedó nada en manos de la
familia. Sólo una finca que no estaba dentro de Santa
Ana. “Ahí establecimos la nueva bodega en 1997, con un
concepto de vinos de calidad”.
¿Qué es lo bueno de la vieja forma? “Santa Ana no estuvo
en el negocio de los vinos comunes, siempre hubo una
preocupación por la calidad. Estas empresas fueron
abriendo camino en las exportaciones, construyeron el
camino que transitan hoy los vinos argentinos en el
exterior”.
Giol:
“Aquí hay mucha tradición”
Entre todos los hijos de Juan Giol, Humberto fue el que
siguió la tradición y fundó la sociedad Bodegas y
Viñedos San Polo en la década del 30, que hace mención
al pueblo donde volvió a radicarse su padre. La bodega
que está en La Consulta data de 1890 y pertenecía a
Ricardo Bustos, hijo de Eugenio Bustos. En 1915 fue
adquirida por Juan Giol y en 1930 la hereda su hijo.
Disuelta aquella sociedad, queda por un lado Bodegas y
Viñedos San Polo, la que a su vez luego se divide en
dos. Juan Carlos Giol queda con los viñedos de La
Consulta y su hermano Jorge se queda con los viñedos de
Agrelo.
Actualmente Bodegas y Viñedos San Polo está en manos de
María Marta, María Alejandra, Fernando y Alfonso Giol.
María Alejandra Giol señala que San Polo es hoy una
bodega moderna, con tecnología, “hacemos vinos de
exportación desde el 2000, la principal marca es Auka.
Se elaboran 2 millones de litros al año y se exporta el
20%. La parte turismo todavía está incipiente. Pensamos
hacerlo porque aquí hay un hermoso paisaje y mucha
tradición”, apunta en sus planes futuros.
Familias que no aceptaron ofertas
Ing. Alberto Arizu - Luigi Bosca.
“Para nosotros vender implicaba deshacernos de una parte
muy importante de nuestra vida”, dice Alberto Arizu. De
hecho más de una vez se negó a escuchar ofertas. “Los
demás pueden verlo como un negocio y no como una
filosofía. Por tanto es difícil asociarse a un proyecto
de este tipo donde pesa la forma de pensar”.
La familia sorteó los escollos de los 80 y 90 gracias a
esta herencia. “Estábamos acostumbrados a vivir crisis,
mis abuelos las vivieron y en el 30 tiraron vino a las
acequias, volverse a armar era una constante, a las
épocas de crisis las sobrevivimos así. Mi abuelo Leoncio
tuvo que fiar hasta muebles para seguir con la bodega”.
Sylvia Bianchi – Bodegas Bianchi
“La fidelidad del consumidor nos ha ayudado a sortear
todo tipo de cambios en el mercado. No podríamos haber
vendido la bodega, somos una familia del vino y esta es
nuestra pasión. Esta bodega fue el sueño de mi abuelo y
es el nuestro”.
Bianchi comenzó a exportar en la década del 60, cuando
sus vinos eran reconocidos en el mercado argentino. Este
éxito local ayudó a impulsar la propuesta hacia el
exterior. “Hoy que nuestros vinos son conocidos y
premiados en el exterior sabemos que el consumidor no
sólo busca un vino de calidad… sino que el hecho de
pertenecer a una familia tradicional del vino, le da un
valor agregado a nuestra imagen en el mundo”.
Eduardo López – Bodegas Lópezz
“La bodega cumple este año 110 años desde su fundación
de la mano de José López Rivas, mi bisabuelo. Se
persiste gracias a la cultura del trabajo. Los contextos
cambiantes de Argentina son aplicables a todas las
empresas. Hemos podido anticiparnos a los
acontecimientos y a los vaivenes del país”.
López señala que no vendieron pese a las ofertas
tentadoras ya que “es muy difícil desprenderse de una
empresa construida a través de tanto tiempo y con tanto
esfuerzo”, y en particular porque para la familia el
negocio es una pasión.
Para López una bodega familiar es una ventaja. “Tener
una cara visible, una persona con el apellido familiar,
son sinónimos de compromiso frente a los extranjeros”.
Fuente: Esta nota fue publicada por el Suplemento
Fincas, de Diario Los Andes.
Fuente: Gabriela Malizia- Área del Vino Editec SRL.
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